Contrastes

Autor: Mariano A. Córdoba
de La Carlota, Prov. de Córdoba

del libro: Los Rostros del tiempo - Creadores Argentinos 2011

El autor obtuvo el Premio Nacional Escritor 2011

¡Ay, Adrián! Si una de estas noches la luna se detuviera a buscar algún personaje del ayer para escribir una historia de mil anécdotas seguramente encontraría en Ramírez un buen inspirador porque este hombre y su sombra, habituados a mirar las penumbras, constantemente pintaron sensaciones atrapantes en aquellas callejuelas de la vieja Buenos Aires. ¿Y cuántas veces a Ramírez le sucedió lo mismo?
Desde los 25 años de edad, varios días de la semana a la noche Ramírez terminaba casi siempre la jornada en un bar y también transcurría los amaneceres en ese o en otro lugar de consumo de bebidas. Por eso, en las palmas de sus manos llevaba apretujados los suburbios más milongueros y alocadas diabluras de la experiencia nocturna.
Su oficio de plomero le había dado la oportunidad de conocer a mucha gente. Casado con Gloria pasó los primeros años de matrimonio sin sobresaltos. Fue una época en que ella estaba seducida por cierta galantería que se dibujaba bien en el cuerpo del hombre, acompasándose un tremendo vozarrón.
Se recuerda que una vez, lejos de la Reina del Plata, en el Bar “La Eternidad” supo ubicarse en un rincón, detrás de don Nicasio Pedruelo quien dominaba el ventanal. Ahí estuvo un rato con los ojos mirando a ninguna parte y eso parecía injustificar sus exclusivos anteojos. Extrañamente en esa ocasión su garganta fervorosa sólo se movió para pronunciar unos pocos vocablos. Todo lo demás fue insinuación. Dicen que allí los cigarrillos, fuertemente aplastados por los labios, de manera cautelosa le ayudaron a tramar alguna idea. Por instantes el pensamiento le desfiguraba la cara aunque dejaba inalterable la clásica gomina, prolija y perfumada, la cual en situaciones extremas se accidentó con los dedos izquierdos que rascaron buscando apaciguar el torbellino mental. ¡Ay, Adrián! De a poco el varón acrecentó la costumbre; primero un bar, luego otro y más tarde un nuevo bar. Curiosamente el alcohol no era el centro de atención. De vez en cuando una cerveza o un vaso de tinto matizaron la presencia pero la obsesión pasaba por otro lado. Ramírez se había convertido en un fanático del café. A diario ocupó asiento en cuanto boliche descubrió y como un ritual el café fue llegando para adormecer la ansiedad. Ello ocurrió de la mano de aquella pasión que alegraba a este hombre: los sobrecitos de azúcar.
Humeante el café fuerte, normalmente suavizado de manera leve con la intención de conservar lleno uno de los envoltorios de los hidratos de carbono, se entremezclaban el aroma de la bebida caliente y el tabaco en combinación perfecta para eludir las penas.
Sin embargo, la suerte no solía amigarse con el caballero y precisamente ocurría en el momento del reemplazo al aparecer el mozo trayendo una tibia desilusión. Entonces una leve decepción inconsciente surgía al ver la azucarera suplantando a los sobres pero cuando éstos estaban se iluminaba el semblante de modo evidente y enseguida se fijaba en todos los detalles buscando memorizar el hallazgo. Y se fueron juntando los paquetitos.
Mientras tanto, con dichos acontecimientos repitiéndose, el destino fue acaparando motivos para fijar su sentencia cuando los rostros del tiempo ya anquilosados dejaran de recibir los soplidos frescos de la bienaventuranza.
Antes, en gran parte de las veredas donde Ramírez anduvo la muchedumbre pululaba, a veces impaciente y malhumorada, azarosamente idiotizada y desanimada. Desde los bares se veía la romería de siluetas de personajes fugaces que iban y venían: pequeños, grandes, ancianos, jóvenes, morochos, rubios, audaces, tímidos, alegres, tristes, exultantes, extravagantes, humildes, adinerados, curiosos, ignotos, atolondrados, salvajes, vulnerables, apasionados, ágiles, vencedores, vencidos.
¡Ay, Adrián! Después de atravesar el umbral de las cosas que le dieron felicidad, en los bares en los que Ramírez entró usualmente asomaron pocas miradas, la observación era suave y profunda, sobrevivían palabras en cuentagotas y escasos movimientos. Había pausa, detenimiento, neuronas divagando adormiladas en mesas de silencio y ausencias. Entre el adentro y el afuera existía un abismo. Contrastes. El bar era el páramo, la vereda el choque irascible de la realidad. Apenas una puerta, una pared y una ventana separaban a uno de lo otro pero Ramírez generalmente salía reconfortado con su tesoro.
¡Ay, Adrián! En dos décadas el cúmulo de sobrecitos totalizaba una enormidad. También la obsesión aumentó. En consecuencia, su mundo ya giraba en torno a ello. Gran parte de lo que ganaba en el trabajo lo gastaba en café.
El coleccionista era dueño de sobres de todos los colores. Tres amplias vitrinas exhibían los productos cuidadosamente expuestos. El estímulo consumista, indudablemente desaforado a esa altura de su vida, llevaba consigo un deseo de posesión que paradójicamente lo despojaba. Más sobres engendraron problemas basados en una absurda y desmedida determinación de prioridades.
¡Ay, Adrián! Así sucedió hasta que un día Gloria explotó y se fue. No soportó semejante olvido. Había sido desplazada por sobrecitos. ¿Qué sentido tenía seguir si el entusiasmo del hombre se orientaba hacia la dulce sustancia? Y no hubo tiempo para el perdón.
Ramírez quedó solo; en esas circunstancias se trasladó al campo donde pasó el resto de su existencia en medio de rigores rurales, con muchas preocupaciones, doblegado por el frío crudo de los inviernos, triste, rodeado de pobreza y acorralado por el destino. En los últimos meses ya no tomaba café. Amargo final, sin gloria, para alguien que había aprisionado tanta dulzura en sobrecitos inservibles que se transformaron en ruinas desteñidas, intrascendentes, olvidadas, vapuleadas por la humedad, estam-pándose con ellas las inmóviles sombras finales del infortunio.

 

 

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