En lo expresado anteriormente por Isidoro Blaistein -quien hace referencia a varios escritores- para ayudar a entender el valor de uno de ellos, como lo fue el escritor entrerriano Carlos Mastronardi, hacemos referencia a su obra:

Cuando la curva de la fiebre ultraísta alcanza su temperatura más alta, con ejemplar lucidez busca su propio camino, pues su sabiduría instintiva le indica que ningún código estético puede aplicarse con rigor a dos escritores distintos. Su primer libro, Tierra Amanecida, es de 1926, plena efervescencia martinfierrista. Y aunque la metáfora -elemento cardinal de la poesía ultraísta- está usada con prodigalidad, es siempre pudorosa y recatada. La preocupación por la palabra nunca es gratuita sino que hace directamente a la esencialidad del poema. El poeta ya está vuelto hacia el ámbito que lo va a definir: su provincia, porque sabe que en una comarca, en un villorrio cualquiera se puede descubrir -si la mirada es profunda- la cifra del universo, el sentido de la vida humana. Su aparente tinte nostálgico, lo es, no de modos de vida, sino de momentos como el de su infancia, en que todo había adquirido unidad y sentido: “Que el mundo era un trompo veloz entre mis manos”. Mira hacia atrás: “deseando mi existencia y mis callejas” para apresar las sustancias incambiables que forman el sustrato de su alma.
En 1930 aparece “Tratado de la pena” que saca inmediatamente de circulación. Siete años más tarde pública (1937) publica “Conocimiento de la noche” y en él su poema fundamental, “luz de provincia”. Esa larga composición, constituida por cincuenta y siete cuartetas alejandrinas, es un canto de amor a Entre Ríos, a su tierra que siente como una “larga dulzura creada para entender la dicha, durable rosa, quieto fervor, gajo de patria”. Es obra a la que el poeta ha vuelto una y otra vez para retocar, como si a su forma definitiva hubiese estado ligado su propio destino. Cuidadosamente arquitecturado, sus sabia construcción se transparenta a través de esa pieza de puro cristal que es la composición total, pero esa visión de la estructura solo constituye un placer estético más. A propósito de “luz de provincia” ha dicho Marechal: “…si buscáramos una comparación en la música diríamos que todo el poema es un andante, pero un andante sin forzada solemnidad. El poeta e un contemplador del mundo, y lo describe no como un objeto extraño a su ser, tal como lo haría el viajero, sino como diciéndolo carne suya: de ahí el dirismo de Mastronardi, nacido en la intimidad de su amor por las cosas que alaba”.
En 1955 publicó “Valery o la infinitud del método”. Así como Baudelaire veía en la naturaleza una profunda unidad donde los perfumes, sonidos y colores se responde unos a otros, podríamos decir que en el mundo del arte, los artistas son como el eco de poderosas individualidades anteriores dándose las correspondencias por sutiles afinidades difíciles de definir: tal lo que ocurre con Mastronardi respecto a Valery. Su análisis de la obra del escritor francés, a pesar de la vasta bibliografía existente, logra toques de frescura y originalidad y nos permite conocer muchos de los mecanismos de creación del poeta entrerriano. Así, cuando al referirse a la obra de arte afirma que “cabe considerarla menos un organismo sensible que un instrumento capaz de hacernos sentir” o al comentar la obra específica de Valery: “su labor trascendente consiste en descubrir los numerosos mundos implícitos o adormecidos en el nuestro”. En su totalidad el libro es un desglosamiento de la tarea que realizó el autor de “El cementerio marino” para fortalecer la teoría antiplatónica de Poe; conforma una apología del método riguroso una réplica la teoría de la inspiración del “Furor divino”.
“Formas de la realidad nacional” (1961) es la contribución de Mastronardi al delevamiento de nuestro ser nacional y a los modos de expresión pertinentes. Partiendo de una posición política tan controvertible como sincera -defensa indiscriminada del liberalismo-, Mastronardi llega a conclusiones en el plan estético muy sólidas y respetables: “es natural y quizás forzoso que estas regiones de América, hondamente trabajadas por Europa, acuñen una expresión donde se balancea y contrapesan el receptivo medio físico y los modos y usos que trae el hombre del Viejo Mundo. El olvido y el repudio de las fuentes no han de contribuir a mejorar nuestras formas culturales. Con voluntad defensiva para salvaguardar su originalidad, nuestros escritores no hacen más que sacrificar en la era de las deidades telúricas y comarcanas”. Como traductos, su elección de poetas como Mallarmé indica su brío y su concepción rigurosa del oficio.
En “Los Siete Poemas” (1963) el poeta hace el camino hacia su propio interior. Ya no solo escucha el sonido de un pájaro “que repuebla el mundo” o recoge los colores del cielo “en colores dadivoso”. Ahora, como en “Los Reyes olvidados” adquiere para él sentido “esa corriente obscura y antigua” de que nos habla en su libro Valery:
“Te excavan y te ahondan lentísimos ausentes,
oh tumba de los otros, alma vuelta al mañana,
sumisa en unos fantasmas que te sitian y roban
para entregar al tiempo la criatura desierta”.


Poemas y análisis

De: “Tierra amanecida” (1926)
Campo
EL cielo candoroso
como un doncellerío.
Corre un aire filoso.
Todo el silencio es mío.
El campo largo y hondo
que humillan alambrados,
bajo el día redondo
se alegra de sembrados.
De sus lenguas voceadas
por el viento matrero
las tardes son manadas
y Dios final lindero.
Va corriendo un camino,
la chúcara distancia,
y yergue su molino
el caso de una estancia.
Entre agudos cardales
ponen ritmo al verano
los grillos, naturales
relojitos del llano.
La calandria sonora
en su parla persiste,
madrina de la aurora
que de viento se viste.
Campo duro y rotoso,
de tarde, su costado
de ocaso penurioso
se siente lastimado.
En su quietud rezada
por ave y vegetal
la muerte es sosegada
como un lacio yuyal.
Explicación: Nos hace imaginar una mañana de verano con sol, viento, donde hay elementos los cuales no adquieren ningún protagonismo ante la inmensidad de éste. Hay sembrados y a lo lejos se logra ver un molino que pertenece a una estancia.
En el silencio solo se escucha la melodía de los grillos que son típicos del lugar, y de la calandria.
A la tarde, este campo comienza a ponerse triste con la caída de del sol, pues las aves dejan de cantar, los pastos de moverse y todo se vuelve oscuro.


De: “Siete poemas” (1963)
Aquiles niño

El tiempo breve te acaricia apenas,
por tu pequeña mano detenido,
pero a un hombre ignorado ya encadenas,
y antes de ser recuerdo eres olvido.
Un anónimo reino se vislumbra
desde tu alegre eternidad vacía,
y el pasado te espera en la penumbra.
Ningún Dios te desteje todavía.
Prueba tu lengua la hoja nueva: el cielo,
recién mirado, te infundió su anhelo:
perdiendo a tu nombre te desligas y huyes…
Explicación: El poema en su totalidad intenta a explicar de manera breve que cuando un niño nace, le espera todo un futuro que tendrá que ir armando él de acuerdo a las situaciones que se le presenten aprendiendo de las cosas pasadas. Dando fruto así a un Hombre que terminará como todos los otros, sin ser recordados, sin marcar algo trascendental en la historia.
De: (no recogido en volúmenes)
Exhumaciones
Las dádivas menores que el corazón olvida:
Entre muchas, un viaje nocturno, el vago afecto
De una mujer sin magia, quizá un verso dilecto,
nada fueron en alas a la imperiosa vida.
Perdido en esos bienes callaba mi destino,
Pues solo eran burbujas del hombre venidero
Los instantáneos dones que trajo el tiempo artero.
Mis desligados pasos forman hoy un camino.
En el creciente páramo paran fuerza y sentido
Los mínimos regalos que ayer cedí al olvido,
Las tenues experiencias que hoy son mis alimentos.
Mas reales y mas vividas las recupero, extintas,
Porque solo de lejos las cosas son distintas,
Y se vuelven, impares, nuestros hondos cimientos.
Explicación: hay cosas que si bien no se recuerdan porque son mínimas, son las que hacen también que nuestro camino, nuestro presente sea lo que es. Una persona llega a ser de “tal forma” debido a todas las cosas que hace. Se podría decir que da a entender que de alguna forma la vida futura la predestinamos nosotros mismos mediante las decisiones que tomamos o las cosas que hacemos ante cualquier situación.

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Carlos Mastronardi
(1901-1976)


El 5 de junio de 1976 moría en Buenos Aires Carlos Mastronardi. Había nacido en Gualeguay, En-tre Ríos, en 1901. Se dedicó muy joven al dibujo y a la pintura y co-menzó a escribir artículos humo-rísticos en periódicos entrerria-nos.

Ya en Buenos Aires, a los 19 años se dedicó de lleno al pe-riodismo, a la crítica y traducción literarias, el ensayo y la poesía. Integró el grupo de poetas que colaboró en la revista Martín Fie-rro, aunque con actitud totalmen-te alejada de vanguardismos. Un vigilado trabajo de perfección lo impulsó a ahondar en estéticas que le eran afines, como la de Valéry. Durante muchos años trabajó en la elaboración de su poema "Luz de provincia", cuya versión definitiva es de 1956. En sus últimos años se recluyó en la habitación de un hotel de tercera categoría, en extrema pobreza, y se convirtió en un noctámbulo solitario.
Autor mítico y a la vez clandestino, de obra breve y morosa (tal vez producto de “la parsimonia y la pereza”, como decía él), Mastro-nardi fue una voz singular entre los vanguardistas de los 20, que enseñó nada menos que a escri-bir después del modernismo. Traductor obsesivo, despreciaba la “facilidad obscena” de cierta lírica “sin plan ni sacrificio”.



 

 

 

 


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