Mery Rodríguez

Escritora argentina, Profesora de Inglés, Ar-tista plástica, Coordinadora de Talleres Literarios, Correctora de textos, Prologuista, Miembro de la Comisión Directiva de la Bi-blioteca Popular W. C. Morris de Grand Bourg e integrante de la Comisión Directiva de SEMA (Soc. de Escritores de Malvinas Argentinas).
Participante en varias “Ferias del Libro”, Encuentros culturales en Universidades, presentaciones en SADE central, Ctro. Cultural San Martín, Mar del Plata, Academia Porteña del Lunfardo, Paseo “La Plaza” y otros Simposios Internacionales de literatura.
Miembro del Círculo de Escritores de “Creadores Argentinos”. Obtuvo 80 Premios. Los más destacados a nivel internacional fueron en Cuba y Ecuador: (Género Narrativa). Tres veces “Premio Nacional Virtud Literaria”(2006 - 2009 - 2011) con la edición de “Cuentos entrañables”, “Desde mi rincón” y “Universo Íntimo”.
En 2008 editó “Apuntes Camperos” (Del campo, el gaucho y sus costumbres). Sus obras figuran en 60 antologías nacionales e internacionales. Suscriptora y colaboradora de la revista Literaria “Alas del Alma” (Bs. As.) editó 25 cuadernillos en dicha colección. En el año del Bicentenario inició una serie de reconocimientos a distintas personalidades del quehacer cultural tanto autores como editores.


Su mejor papel

a un gran actor:
Ludovico di Santo

Desde niño, había sido elegido para todos los actos escolares. Lo llevaba en la sangre. Aunque nadie creyó que alguna vez, se dedicaría de lleno a la actuación.
La escena concluyó satisfactoriamente. El director de la tira lo llamó a un rincón. Como siempre le dio un cálido abrazo felicitándolo. ¡Bravo!, tu desempeño fue impecable.
Él, sonrió para sus adentros y se retiró a su camarín. Lamentablemente tenía graves problemas personales. Su amada esposa no lo estaba pasando nada bien. Tenía una grave depresión y esto lo torturaba. La amaba profundamente por lo que no quería que nada ni nadie la hiciera sufrir. Ella, era su único tesoro.
Sus compañeros actores lo comprendían y respetaban a un grado tal, que no querían incomodarlo con preguntas indiscretas. Pero para él, era una auténtica carga trabajar como si no estuviera ocurriendo nada anormal en su intimidad.
Las luces se encendieron una vez más y él se transformó. Sus ojos verdes, fríos, metálicos, trasuntaban ira u odio, y su versatilidad habitual pisó fuerte una vez más. La actriz que lo acompañaba en la escena tembló literalmente. Su piel se erizó aterrada. Si bien el papel requería eso, ella no podía creer lo que él le transmitía. Por momentos, le temía de verdad. En la novela, él la molestaba, atormentaba, acosaba, perseguía... en síntesis era un depredador real.
Cuando terminaban de actuar, él sonreía dulcemente y ella se desarmaba. No obstante, la sensación de pánico era genuina. Yaníl Ferrari, tuvo que acudir a terapia porque creía que se estaba volviendo loca. Él comenzó a perseguirla en sueños recurrentes y se despertaba sobresaltada. Su cuerpo todo se hallaba bañado en sudor. Luego, se calmaba diciéndose a sí misma que era tan solo su imaginación.
Obviamente, ese año otra vez, él ganaría un “Martín Fierro” absolutamente merecido.
En su casa, puertas adentro Gonzalo Vega se miraba al espejo sonriente. Satisfecho por todo, por sus logros, premios y halagos, su reconocimiento y la felicidad que esto le producía. En el dormitorio, su esposa empastillada lo miraba con impotencia.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me mirás así? ¡Me tenés harto! Esto se va a terminar pronto, ya lo sabés, muy pronto!
La pobre mujer atada a su insuficiencia, intimidada por el apuesto actor, sollozaba intermitentemente. No había nada que la atara a la vida, mucho menos él. Encima, no tenía familia, amigas, ni ninguna ayuda a su alcance.
Al principio, él la encandiló como a todos cuantos se le acercaban, después comenzó a mostrarse tal cual era. Y era de temer. Un tipo ególatra, que sólo se amaba a sí mismo y destruía todo a su paso. Ese era Gonzalo Vega, el auténtico, no el amado por sus admiradores.
Su esposa hasta había olvidado su nombre. Por él, lo había dejado todo. Él la absorbió hasta apartarla de su entorno y comenzó a enloquecerla. Tristemente logró su objetivo.
Él, no pensaba hacer nada. Ella solita lo haría. Él comprendía que el momento se aproximaba inexorablemente... hasta que ocurrió.
Gonzalo estaba desolado, no quería dar notas. Los periodistas lo cercaban a toda hora cuando estalló la noticia. Su esposa se había suicidado.
Gonzalo se veía desconsolado. La gente que lo amaba y admiraba le entregaba cartas, flores y voceaba su nombre al paso del cortejo fúnebre.
Él, estaba exultante, aunque su rostro demacrado y sufrido, mostraba una honda angustia. Si en definitiva, estaba desempeñando su mejor papel. El único papel que se sabía a la perfección. Era un psicópata y como tal, lo manejaba a cabalidad.
Yaníl Ferrari se acercó a él y por primera vez en su vida, le dio un abrazo muy sentido. Se sentía culpable por haber pensado mal de su compañero de ficción.
Gonzalo era un esposo realmente destruido por su lamentable pérdida.
A lo lejos, una bella muchacha sonreía, esperando por fin, reunirse con su amado Gonzalo, su fogoso amante, sin embargo tendrían que esperar un tiempo para mostrarse juntos y libres.

 

 

Montañas de tinta

Porque por mis venas fluye sólo tinta...
Montañas de tinta quisiera escalar,
para en sus entrañas poemas gestar.

Ríos de bella tinta nadar y nadar,
robándoles rimas para enamorar.

Nubes de roja sangre, tinta crepuscular...
escribiendo poesías para conquistar.

Sumergida en tinta... quisiera quedar,
perfumada en versos de amor sensorial.

Lechos de tinta noble donde reposar,
soñando mil estrofas que despertarán

a poetas hermanos que a mí, se unirán
al ser pronunciadas con voz magistral.

 

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editados por
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Cuentos - Año 2009
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