Mariano A. Córdoba


Nació en La Carlota, Prov. de Córdoba, el 21 de septiembre de 1976.
Licenciado en Comunicación Social, docente y periodista.
Es miembro del Círculo de Escritores de Creadores Argentinos y socio activo de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Seccional La Carlota.
En el período 1999 - 2003 estuvo a cargo del Área de Prensa y Protocolo de Sociedad Argentina de Letras, Artes y Ciencias (SALAC) Filial Villa Carlos Paz. Entre 2001 y 2011 fue secretario de Prensa y Difusión de la Municipalidad de La Carlota. Se desempeñó como encargado de Prensa y Relaciones Públicas de Comisión de Apoyo al Marchero. De 2004 a 2006 fue ecretario de Prensa de Asociación Civil Amigos de La Tardición. Autor de un proyecto ecológico, a través del cual se editó la revista de historieta "Las Aventuras de Carlotita", de la que fue guinista. Publica trabajos literarios en revistas y antologías. Ha sido prologuista de libros de autores de La Carlota.

 

Los experimentos de William W. George

El sitio era realmente increíble pero para mí era más sorprendente que yo estuviera en ese entorno. Desde ahí, pocos sudamericanos habían podido espiar las desventuras de las estrellas y también su brillo y sus pulsaciones.
Al principio quedé absolutamente asombrado con cada componente nuevo que veía: máquinas majestuosas, aparatos impresionantes, instrumental de última generación, salas gigantes, infinidad de artilugios e investigadores. Con tanta tecnología, la agencia espacial generaba admiración constante. Te dejaba con la boca abierta y los ojos como soles de llamaradas incontrolables.
Mis actividades científicas me habían dado la oportunidad de visitar aquel centro para desarrollar un proyecto en el ámbito del conocimiento de la Astrofísica. Rodeado de cohetes de todos los tamaños apreciaba naves fascinantes que quizás no causa-rían jocosidad en algunos extraterrestres al divisar éstos que la civilización terráquea tiene, al menos, un mínimo grado de evolución, lo cual frenaría esas risotadas asignadas a lo que ellos, seres superiores, creen que es absurdo. Rápidamente tuve la sensación de que un suceso terrible podía ocurrir. Pequeños descuidos tal vez ocasionarían un accidente desastroso; por lo tanto, cierta tensión me envolvía sin pausa. Era como si advirtieras la inseguridad y, en cualquier minuto, parecía que sentías algo así como si una cuchilla te lacerara las vísceras.
Para no tener mayores inconvenientes, allá, en el complejo sofisticado, inicialmente tuve la ayuda del eminente especialista William Well George, quien me brindó recomendaciones básicas. George era graduado en Astronomía y experto en Mecánica Cuántica. Su perfil estrafalario incluía una melena despampanante, resguardando el prodigioso cerebro de un genio capaz de bofetear lo intrascendente a través de la mirada. Ese semblante indescifrable acaparaba millones de datos y devolvía tantas sigilosas preguntas a quien lo observaba.
Los objetivos, ambiciosos y extremos, se sintetizaban en la apasionante búsqueda de mundos distantes, la necesidad de abrir la ventana para bucear en el cosmos, saliendo de la Tierra con el propósito de espiar en el Universo.
Un día visité el laboratorio de George, construcción muy prolija similar a una clínica de irreprochables condiciones sanitarias y equipamiento novísimo. Contemplé el látex cubriendo sus manos y entendí que preparaba otro de sus habituales experimentos. Esa tarde percibí algo semejante a lo que ya había sospechado: un puñal rajando mis entrañas, uno de esos puñales que te hacen tragar saliva espesa.
Allí persistía el inocente bicharraco, castañeteando nerviosamente como si estuviera mordisqueando oxígeno para debilitar el disgusto. Párpados irritados y orejas oprimidas procuraban sublevarse ante el voltaje. ¡Pobre mono! Su cara desencajada pidiendo auxilio me encegueció. Estaba próximo a ser encadenado a una silla, a una verdadera silla eléctrica. Comprendí que los bocinazos estridentes que salían de su boca eran súplicas desesperadas, convertidas en plegarias de compasión. ¡Qué brutal!
El científico explicó que le colocaría potentes electrodos en la cabeza porque se encontraba trabajando en un programa para detectar la eventual filtración de radiaciones que los astronautas podrían padecer al estar en contacto con el espacio. De esta manera, el sistema empírico que estaba creando a partir de pruebas intensas tendría conclusiones favorables en el intento de arribar al planeta Marte con una tripulación terrestre.
Cada palabra pronunciada era para mí un martillazo en los tímpanos al tiempo que veía el sufrimiento mortificante soportado por el primate, presintiendo la llegada de esos auténticos encendedores de chispas torturadoras.
¡Qué animal! George continuó diciendo que en determinadas circunstancias los simios se ubicaban en cápsulas donde se sometían a rigurosas verificaciones y luego se estrellaban estrepitosamente a fin de probar cinturones de seguridad. William disfrutaba alborozadamente los descubrimientos porque se sentía protagonista de un gran avance para la Humanidad.
Yo sabía que los monos, a raíz de vinculaciones ancestrales, son investigados por profesionales cuya misión se enfoca en considerarlos eslabones del Hombre, rastreando el origen, averiguando claves para dilucidar el comportamiento. En consecuencia, se han estudiado los hábitos y la evolución física y se han buscado relaciones con la aparición del lenguaje, pero ello no supone la crueldad que estaba ante mis ojos.
Explorar nuevas fronteras conquistando el espacio tenía un lado oscuro, despiadado, insensible: la existencia no respetada.
En medio de la charla, el mono entró en pánico, se enardeció y quiso ridiculizar al verdugo. Entonces, se movió sorteando obstáculos, puso sus dedos sobre algunas teclas y activó un enorme desorden en las pantallas. El ruido de las alarmas agregó preocupación. La cabellera de George se alteró en forma increíblemente coherente con el desconcierto generalizado. Yo, con los ojos inmóviles, había quedado sin reacción. En el laboratorio la pulcritud ya estaba desmoronada. Botones fuera de control, señales digitales burlonamente cómplices del macaco. Así, eso era una fiesta para el primate y para los comandos computarizados complotados contra el manipulador. Obviamente, el caos obligó a suspender el ensayo. El mono, totalmente satisfecho, salió caminando de la sala. Al fin pudo zafar. Ese fue un día en que los sentimientos le ganaron a la ciencia; el día en que una criatura milenaria, símbolo del pasado, hizo detener, por un instante, un proyecto del futuro; ese fue un día en que la vida cruzó el umbral del dolor para respirar aires de esperanza.

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Título del autor
editado por
Creadores Argentinos

 

Señales en el corazón

Cuentos e Historias
Año 2012

Libro editado por haber obtenido el autor el
Premio Nacional
Escritor 2011

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 


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