María Magdalena Carranza

María Magdalena Carranza, es escritora desde su infancia, ya que lo hacía en revistas y muros escolares. Lectora desde los cuatro años, fue su hermano Mario quien le enseñó a leer, sus padres, grandes lectores, le permitieron el acceso a cualquier fuente literaria, sin prohibiciones ni recomendaciones. Es de ascendencia vasco francesa-árabe, la mezcla de estas dos culturas han incidido poderosamente en su ser. Estas variables y otras, hicieron que escriba con placer, porque siempre tiene algo que contar.
Es docente de enseñanza primaria, docente de enseñanza especial, Licenciada en Psicología de la U.B.A es Técnica en Atención a la Salud Primaria y desde siempre escritora.
Ha escrito numerosos artículos pedagógicos, proyectos educativos, publicados en revistas institucionales y gremios. Cuentos, poesías y novelas.
Ha obtenido numerosos premios y publicaciones de cuentos y de novelas.
Pertenece al Grupo de Creadores Argentinos desde 2001, donde publicó seis libros, cuatro novelas y un poemario. Ha ganado cuatro veces el Premio Nacional Virtud Literaria y últimamente el Premio Nacional Escritor. El poemario “A los que llevo en mi corazón”, fue en Homenaje a su madre. Actualmente la han invitado numerosas editoriales España, Francia y Argentina a participar con su obra.

 

Tal vez

Al cerrar mis ojos
puede verte.
Te veo en mi pasado,
te veo en mi futuro,
más no, en mi presente.
Aunque mi pasado es difuso,
mi presente es claro
y mi futuro incierto.
A veces el pasado me confunde,
el presente me acerca a la realidad,
y al futuro no lo veo.
Tal vez yo confunda mis temporalidades,
tal vez yo no vea mis realidades.
Tal vez esté lejos de ellas.
Tal vez no las quiera ver
porque viéndolas como son
siento un dolor profundo.
No sé qué extrañas melancolías,
no sé qué extrañas lejanías,
que siempre están en mí,
que nunca logro resolver,
porque forman parte de mi ser
el cual se estructuró en ellas
y de las cuales nunca podré salir.
Tal vez en otras temporalidades,
logre ver lo que aquí no veo.

 

Nadie lo supo

Me iba a casar, no porque estuviera enamorada, sino porque me lo habían impuesto, era la única manera de pagarle la deuda a los Funes. Mi padre arregló con el padre de Francisco Funes, que siempre había estado enamorado de mí y yo no, que me daría a cambio de la cancelación de la deuda. Cuando me enteré quise huir, matarme, matarlo y otras soluciones no muy factibles. Francisco tenía plata, pero era horrible, tartamudo y salpicaba saliva cuando hablaba, era para mí, repugnante. Lo grave de la situación era que yo estaba metida con Raúl, ambos estábamos enamoradísimos, tal era el amor, que nos encontrábamos todas las noches en los pastizales cercanos al río donde teníamos relaciones hasta el hartazgo. Al saber la noticia, me propuso huir, pero yo sabía que hundiría a mis padres, además en esa época la mujer obedecía al padre hasta mayor. No tenía medios de rebelarme, porque Raúl era peón de campo, por lo tanto no me brindaría la posición de Francisco ni menos pagar la deuda de mi padre.
Decidí ir a mi casamiento como carnero que va al matadero. Antes, el viejo Funes debió firmar la cancelación de la deuda de mi padre ante escribano público, más un abogado, que redactó el acta sobre mi consentimiento a la sola exigencia de casarme con Francisco Funes y ninguna otra condición, porque éste se lo exigió, sabía del sacrificio que me exponía y que no me quejaba, todo por ellos.
Fue una boda esplendorosa para el lugar, había de todo, la torta había sido hecha en la ciudad y era de varios pisos había fotógrafos y música. Todo el poblado sabía que me habían dado a cambio de la deuda con el terrateniente, eso no me humillaba, lo que me hacía sentir mal era que tendría que aguantar sobre mí esa bestia babeante, además ya no podría ver más a mi apasionado Raúl. En mi boda lo vi desde lejos y estaba muy triste. Pensé, “hubiera hecho algo para impedirlo”, claro no tenía un peso.
Las noches eran para mí un suplicio, tener a Francisco cerca de mí queriendo hacer el amor a cada rato, además de sus besos cargados de saliva, no lo aguantaba, lo rechazaba, a él no le importaba, era tan forzudo que siempre lograba someterme a sus pasiones sexuales no consensuadas, aspecto que a él no le interesaba. En aquel tiempo no existía la ley por violación aunque fuera el marido.
Tengo que reconocer que vivíamos bien, él trabajaba en el campo de su padre y me daba el sueldo, que éste le pagaba, yo lo guardaba porque la comida salía de la propia chacra y no compraba nada. Mi padre feliz con su campo ya no le debía a nadie, el precio de su cosecha iba para su bolsillo, mi madre y mis hermanos me repetían que toda esa tranquilidad me la debían a mí. Yo no veía la hora de que terminara, porque yo sabía que esa farsa debía terminar. Efectivamente, estaba embarazada, pero no de Francisco, porque mi hijo nació a los cinco meses de casada, sano y de buen peso. El ignorante de Francisco estaba tan chocho que le puso Francisco, el padre, se dio cuenta de que nunca podía ser su nieto por el tiempo de gestación, además hizo venir un médico de la ciudad a revisar a la criatura para que diagnosticara si era prematuro, éste confirmó que era perfecto y completamente gestado a término. Allí el viejo Funes me agarró de un brazo y yo alcancé a tomar a mi hijo, me subió al viejo Ford y me llevó a la casa de mi padre, gritando furioso, que le había dado una mujer usada, que volvía a ser su deudor. Mis padres me recibieron con los ojos llenos de lágrimas y echaron a Funes, él no recordaba los documentos que había firmado al anular la deuda, sólo que me dieran en matrimonio para su hijo, no que fuera virgen u otra condición.

Mi triunfo
Al final, mi silencio dio su fruto, callé mi embarazo, le di la idea a mi padre del escribano y abogado y ahora era libre de Francisco Funes y podría estar con el verdadero padre de mi hijo. Efectivamente apenas se enteró apareció en mi casa para recibirme y pedirme perdón por no haber podido ayudarme cuando estuve con los Funes. Vivimos en su ranchito, que mi padre mejoró y yo con la plata que me traje de los Funes. Ahora pienso que logré aquella felicidad de recuperar a mi verdadero amor por mi silencio, porque me casé embarazada y nadie lo sabía, sólo yo.

 

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