Emma Perarnau

Emma Perarnau nació en San Luis, Argentina. Obtuvo recientemente el Premio Nacional Creadores Argentinos 2016, por su cuento "Instantáneas pueblerinas", publicado en el libro "El instane detenido" - Creadores Argentinos, setiembre de 2016.

Instantáneas pueblerinas

La mesa ya estaba preparada para la cena y los platos, cubiertos y vasos, todos elementos huérfanos de juegos diferentes se mostraban como vestigios de un conjunto armonioso, habían sido ubicados cuidadosamente en el sitio de cada comensal.
A la hora acostumbrada, pudo escucharse la voz potente de Edith llamando a ocupar los lugares. El aroma que se desprendía de la salsa que acompañaría a los ravioles era realmente tentador y pronto la mesa estuvo casi completa.
—¿Han visto a Santos? Este muchacho nunca llega a tiempo a ningún lado. ¡En qué andará ahora! Santiago, andá a buscarlo -ordenó Edith.
—Por qué siempre yo -se quejó el niño- esta vez le toca a Julio.
—¡Mamá te mandó a vos primero!
—Vaya cualquiera de los dos, pero llamen a su hermano, que se enfría la comida.
—Pero mamá... -intentaron negarse a dúo pero al encontrarse con la mirada firme de su madre, ambos se levantaron callados la boca.
Apenas se habían alejado unos pasos de la puerta de su casa, cuando divisaron la figura de su hermano mayor que venía tranquilamente tarareando por la vereda.
—¡Apurate, Santos, a comer! -le gritaron.
Con la presencia del escurridizo Santos, la mesa se completó. En la cabecera orientada hacia el patio se sentaba su padre Rafael, en la contraria su abuelo Francisco, a los lados se ubicaban los mellizos Julio y Santiago, su hermana Rosa, su mamá Edith y por supuesto, él mismo.
Santos sabía que, como buena cena de sábado, en el mismo instante en que su madre se levantara a buscar la fruta que haría de postre, su padre comenzaría con el sermón de la cena sabatina.
—Santos, ya tenés casi dieciocho años, no podés andar por la vida vagabundeando todo el día y todos los días -dijo como para comenzar la conversación monotemática-. Te queda un año para finalizar la escuela técnica y para pensar qué vas a estudiar en la capital. No quiero que terminés trabajando en el frigorífico como yo, o cuidando las máquinas y la tierra de otro. Acá ya no hay futuro para nadie… -y justo ahí, Rafael cortaba sistemáticamente su discurso, compenetrado en sus propios pensamientos que seguramente lo remitían a buscar en aquellos momentos en que fueron cercenados sus propios sueños de progreso.
—Está bien, papá, pronto te voy a decir por qué me decido. No te hagás problema que voy a estudiar para prepararme para trabajar… -respondía Santos mientras se levantaba de la mesa para llevar el plato a lavar.
La noche de primavera se presentaba calurosa en la pequeña localidad de Villa Equivocación, cuyo curioso nombre demandaba múltiples explicaciones de su razón de ser y sobre todo, para no convertirse en una equivocación en sí mismo.
El cielo estrellado y la luna iluminaban inconscientemente aquel paisaje nocturno, aparentemente simple y tranquilo cuando la única plaza del pueblo se encontró atestada de gente. Santos se encontró allí con sus amigos, y como siempre, él terminaba acaparando toda la atención porque si algo sabía hacer, era contar historias. Sus relatos fuesen muy festejados por todos teniendo en claro que con él nunca se sabía dónde terminaba la realidad y comenzaba la ficción.
Desprolijamente recostados sobre el pasto, observaban sin interés aparente el palco recientemente armado en el centro de la plaza. Se acercaban los tiempos de elecciones y había que votar para elegir intendente dentro de poco, motivo por el cual la villa se estaba preparando para recibir el día siguiente, o sea el domingo por la mañana, a algunos funcionarios capitalinos.
—Yo lo único que sé -comentó Iván Camargo, el mejor amigo de Santos-, es que en menos dos meses tenemos que votar y por lo que he escuchado, se quedará el "Pardo" Jiménez otra vez con el puesto.
—Si es que gana de nuevo. Ni señal del barrio que prometió -co-mentó otro muchacho del grupo, para rápidamente cambiar de tema y proponer-. ¿Y si vamos a la quinta de Cecilia? Seguro que está con las amigas.
A la madrugada, antes de regresar a casa, Santos acompañó primero a Iván hasta la suya, pues la vivienda de su amigo quedaba a las afueras de la villa. Desde lejos pudieron divisar una ambulancia en la entrada. A Iván le fueron cortas las piernas para correr e ingresar. Santos prefirió quedarse afuera a esperar y ver qué sucedía. Podía escuchar nítidamente el llanto de la madre de su amigo y ver al padre ir y venir, a través de la ventana. Entonces, sin saber qué más hacer, miró el piso, pateó una piedra y se paró en actitud de vigilia.
Al rato, vio cómo la familia de su amigo salía de la casa, llevando a la hermana de Iván, una niña pequeña, en una camilla hasta la ambulancia. Parecía dormida. Sus padres, subieron con ella y se marcharon hacia el Centro de Salud del pueblo mientras que Iván se detuvo cerca de él, visiblemente preocupado y asustado, alcanzando a tartamudear que debía quedarse en la casa por cualquier eventualidad y que lo llamarían si había novedades. Que sus padres no pudieron comunicarse antes con él entre tanto nerviosismo. Santos no dijo nada, cosa rara en él. Pero es que a pesar de ser tan hablador, tenía esa cualidad de saber callar cuando era necesario. Su amigo se sentó en el escalón de la entrada. Santos, en silencio lo acompañó, hasta que Iván pudo contar más.
—Qué macana... -comenzó a decir con voz entrecortada- parece que mi hermana está complicada. Antes de irse a dormir se trepó a oscuras al árbol del patio y se cayó de cabeza. La médica que venía en la ambulancia dijo que hay llevarla a la capital para internarla con urgencia, pero resulta que la ambulancia tiene el motor en mal estado y el traqueteo del camino sería contraproducente. El camioncito de mi viejo tampoco anda. Qué macana... La doctora dijo que tiene que viajar con muchos cuidados, sin moverse, por cualquier cosa, por un coágulo... qué se yo... Que tienen que hacerle unos estudios que acá no pueden, y tal vez, hasta haya que operar...
Santos no decía nada mientras pensaba en cómo ayudar, hasta que se detuvo un instante para espabilarse.
—¿Y si vamos a buscar al intendente y le pedimos ayuda? -preguntó Santos entusiasmado a su amigo-. ¡En épocas de elecciones no podrá negarse!
—¡Sos un genio Santos!
Los dos muchachos corrieron con prisa, tomando atajos y senderos descuidados, apurados por llegar a la Intendencia. Cuando llegaron se dieron cuenta que en la madrugada de un domingo nadie los atendería. Pero ese no era impedimento para Santos, a quien se le ocurrió dirigirse directamente a la casa particular del jefe comunal. Por suerte, "Pardo" Jiménez, intendente legítimo y reelecto de Villa Equivocación no vivía lejos y apenas llegaron, los muchachos golpearon las manos, tocaron el timbre, vociferaron el nombre de la autoridad hasta que por fin el hombre salió con signos de adormecimiento y de fastidio. Santos tomó la iniciativa y le explicó el problema haciendo uso de sus cualidades locuaces. Pero Jiménez no se conmovió demasiado, hasta pareció que nada en lo absoluto.
—Muchachos, lamento mucho esta situación, pero me es imposible ayudarlos. Ustedes saben que tenemos un municipio pobre, sin recursos. Y para colmo mañana llegan visitas de la capital... Miren, si pudiera, yo mismo llevaría a la chica a la ciudad, pero justo presté mi camioneta ya que la necesitaban para traer tablones y esas cosas y además, buscar a los visitantes -el hombre no paraba de hablar-. En estos momentos no tenemos ni para combustible. Pero tengan fe, muchachos, que seguramente lo de tu hermana no es para tanto, y capaz que se recupere dentro de un rato nomás... los niños se caen siempre, por eso son niños. Me tengo que ir a bañar y prepararme para el acto político, pero cualquier cosa que necesiten, me llaman, ¿sí? -terminó diciéndoles mientras les palmeaba la espalda de manera sobreprotectora a ambos a la vez.
Iván caminaba compungido hacia el Centro de Salud, pues quería ver a su hermana. Santos rumeaba pensamientos intraducibles al castellano y a cualquier otro idioma, caminando a la par de su amigo, cuando recordó que debía llamar desde su celular a su casa para poner al tanto a sus padres.
Así, a pesar de las penurias, la mañana se manifestó soleada y calurosa. Los padres de Iván acompañaban a su hija en la sala de internación. Las noticias no conseguían ser alentadoras, y si la niña no viajaba con prontitud y en las condiciones adecuadas a la capital, podía suceder lo peor.
Por los ventanales del humilde hospital, se lograba percibir el movimiento diferente al de los domingos comunes. Santos salió a respirar aire fresco. Se sentía impotente al no poder ayudar, percatándose de que pronto comenzaría la función.
Un ruido a motores le hizo mirar hacia arriba. Pudo observar cómo una Piper bimotor aterrizaba cómodamente escasos kilómetros, en uno de los descampados de la zona ubicado entre la ruta y la villa.
—Seguro que están llegando los de la ciudad -pensó en vos alta-, hasta vienen en su propio avioncito privado -y en ese mismo instante en el que terminaba de pensar la frase, ingresó nuevamente al hospital para decirle algo al oído a su amigo y luego salir corriendo en dirección de la plaza.
Lentamente la plaza se fue colmando de vecinos. Antes de las diez la estructura implantada en el corazón del espacio verde cobró vida y en minutos, el sitial de honor del palco fue ocupado por los ilustres visitantes, el intendente Jiménez con su esposa y demás personajes importantes de la villa: el comisario, el gerente del banco, la directora de la escuela, algunos propietarios prestigiosos de la zona y por supuesto, el cura párroco, quien ofrecería misa como corolario.
Santos se fue acercando para ubicarse detrás de todos de los vecinos presentes. Estoicamente soportó los discursos del senador y de los dos diputados exportados que sonaron por demás previsibles, incoherentes y llenos de exabruptos enunciando promesas inverosímiles. Entonces, le llegó el momento al dueño de casa, al actual intendente “Pardo” Jiménez; pero fue interrumpido por los gritos de Santos, quien desde atrás de la cuasi multitud, se acercaba con los brazos levantados y hasta con lágrimas en los ojos clamando por el intendente. La gente le fue abriendo paso automáticamente y de un solo brinco el muchacho subió al palco y entre la confusión de las personalidades ilustres, se abrazó a Jiménez entre sollozos, súplicas y halagos, quedando estratégicamente ubicado frente al micrófono.
—Señor intendente, usted que siempre está a disposición de su gente, usted que es como un padre para los jóvenes de esta villa, que nos guía con sus consejos y sobre todo con su ejemplo, hoy quiero agradecerle públicamente su ayuda y compromiso -sollozaba Santos mientras volvía a abrazar al hombre visiblemente incómodo-. Acá vengo a agradecerle y a avisarle que la doctora que atiende a la hermanita de Iván, en estos momentos está arreglando todo para trasladarla en la ambulancia hasta la avioneta que trajo a estos señores, la cual será usada para llevarla a la capital y salvarle la vida, tal como usted lo dispuso. ¡Y todo gracias a usted y a estos señores de la capital que ponen los recursos a disposición del pueblo! -terminó vociferando Santos por el micrófono, para luego abrazar uno por uno a los funcionarios.
El " Pardo" Jiménez comenzó a balbucear, los citadinos se miraban sin entender nada en absoluto. Los vecinos, que recién se enteraban de la difícil situación por la que estaba atravesando la familia Camargo, comenzaron a vitorear el nombre del intendente. La voz del intendente queriendo aclarar el mal entendido, fue cancelada por el bullicio y por el descuidado tropezón que sufrió Santos con los cables que conectaban el micrófono cuando se bajó del palco. Con la emoción, la gente decidió enfilarse espontáneamente hacia la avioneta con la intención de despedir a la niña y a su familia. Entonces a Jiménez no le quedó otra que unírseles, con la sorpresa de que fue subido en andas por los vecinos a modo de agradecimiento.
Y desde esa incómoda posición, el "Pardo" Jiménez, actual y con seguridad, futuro intendente de la villa, giró su cabeza para encontrar la mirada de Santos, a quien le costaba disimular una sonrisa en su rostro. El muchacho se convenció de que verdaderamente era bueno para crear historias y que había encontrado la respuesta para ofrecerle a su padre.
Inevitablemente los invitados tuvieron que permanecer algunas horas más de las pensadas en Villa Equivocación en aquel caluroso domingo de primavera, en que por primera vez, la misa dominguera de las once fue postergada indefinidamente.

Varias de sus obras han sido reconocidas y seleccionadas para conformar diferentes antologías. Con el micro cuento “Gente de radio” (2012) obtuvo el 2° Premio en Concurso Internacional de Cuentos Cortos para Radio. Integra el Círculo de Escritores de Creadores Argentinos.

Obras editadas

“Día femenino” - Narrativa. Cuentos. Año 2008 - Ed. Dunken.
“El que busca, encuentra” - Narrativa infantil y juvenil. Novela. Año 2010 - Ed. Dunken.
“Tiempo Masculino” - Narrativa. Cuentos. Año 2013 - Creadores Argentinos.


 

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